Cuando por fin la Junta Pro-Autonomía tuvo acceso al referido
informe, sólo tardó veinte días en rebatirlo
y ridiculizarlo hasta extremos insospechados. Como ejemplo, se
aportó una copia de pago de una sola licencia de obras
facilitada por un constructor cuyo montante doblaba ya la cantidad
que el Ayuntamiento de Málaga afirmaba recaudar en todo
un año. Además, entre otras muchas pruebas, quedó
acreditado que los ingresos por Contribución Urbana en
Torremolinos ascendían a casi el doble de lo señalado
en el controvertido expediente económico.
Se sucedieron los viajes a Sevilla del presidente de la Junta
Pro-Autonomía, acompañado por el abogado Antonio
Tastet y la coordinadora Isabel Manoja, a fin de entrevistarse
con técnicos de la Junta de Andalucía quienes, justo
es reconocerlo, demostraron profesionalidad y asepsia ante la
grotesca farsa urdida por el Ayuntamiento de Málaga, frente
a la cual se ofrecía la irrefutabilidad de los datos que
aportaba la Junta Pro-Autonomía. Así, en diciembre
de 1986 fue informado favorablemente el expediente de segregación,
lo cual no suponía, en absoluto, el triunfo en la interminable
batalla jurídico-administrativa.
Tocaba entonces esperar la decisión política final
de la Junta de Andalucía, una resolución que no
podía ser contraria al diagnóstico técnico
pero que resultaba compleja en el ámbito político,
teniendo en cuenta que el PSOE gobernaba en Sevilla, Málaga
y Torremolinos.
Atender el dictamen de los técnicos suponía, seguro,
propiciar un duro enfrentamiento entre el PSOE regional y el malagueño,
abocando además a consecuencias jurídicas y políticas
de hondo calado. Por ello, la Junta de Andalucía optó
por "dormir" el asunto, aparcando cualquier decisión,
mientras que la Junta Pro-Autonomía se daba un plazo de
dos meses para emprender nuevas acciones reivindicativas.
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Se cumplió dicho plazo y, en una resolución osada
y valiente, se decidió convocar una huelga general para
el 24 de marzo de 1986.
El apoyo del pueblo fue total. Desde primeras horas, pese a que
el paro se convocó desde las once, el pueblo entero se
paralizó, incluidos los hoteles, que fijaron unos servicios
mínimos. Fue una jornada con amplia repercusión
mediática no sólo en España sino también
fuera de nuestras fronteras y la magnitud y decisión de
la protesta obligó a la Junta de Andalucía a prometer
que "en dos o tres meses como máximo", el expediente
de segregación sería remitido al Consejo de Estado,
a fin de que éste redactara un informe de carácter
preceptivo, aunque no vinculante. Era el último trámite
previo a la decisión definitiva.
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El
24 de abril de 1987 el concejal del Partido Popular en Málaga
Ildefonso Arenas presentó una moción que requería
la revocación del acuerdo del Ayuntamiento de la capital
que denegaba la segregación de Torremolinos y el pronunciamiento
favorable a la misma ante la Junta de Andalucía. Frente
a tal iniciativa, Francisco Bóveda (PSOE) justificó
la oposición socialista a la independencia alabando el
funcionamiento de la Junta de Distrito de Torremolinos como cauce
eficaz para resolver los problemas y defendiendo una vez más
la correcta administración de los intereses de Torremolinos
y la no necesidad de la segregación. De nuevo, Pedro Aparicio,
Francisco Bóveda, Miguel Escalona, junto con los catorce
concejales socialistas más, votaron contra Torremolinos
y rechazaron la moción.
Siguió pasando el tiempo de forma inexorable sin que la
Junta de Andalucía cumpliera su compromiso y plazo anunciado.
Mientras, en Torremolinos crecía la indignación,
hasta el punto de que algunos propugnaban ya "medidas más
radicales", pese al ejemplar comportamiento cívico
mantenido en los años precedentes.
La Junta Pro-Autonomía temía entonces, dado el estado
de ánimo general, que cualquier convocatoria multitudinaria
derivase en incidentes por acción de ilegales o incontrolados,
cuya actuación acarrearía responsabilidades y, sin
duda, consecuencias peligrosos y serio riesgo de paralización
definitiva del proceso. No obstante, como persistía el
"silencio" de la Junta de Andalucía, pese a los
sucesivos requerimientos al consejero de Gobernación, Enrique
Linde, tras mucho sopesarlo, y viendo incontenible la crispación
popular, se decidió convocar una manifestación para
el 10 de septiembre, no sin acompañar la misma de una llamada
explícita del presidente de la Junta Pro-Autonomía,
Pedro Fernández Montes, a la tranquilidad y a la protesta
pacífica.
Por fortuna, este llamamiento fue atendido unánimemente.
La manifestación fue de nuevo un ejemplo de civismo, aunque
concluida la misma muchos se preguntaban cuánto tiempo
podría mantenerse la calma y reprimir los deseos de una
minoría de endurecer las acciones, algo a lo que reiteradamente
se opuso con rotundidad la Junta Directiva, que apostaba nuevamente
por la confianza en el Estado de Derecho.
Sea como fuere, Pedro Fernández Montes se dirigió
por escrito al entonces presidente de la Junta de Andalucía,
José Rodríguez de la Borbolla, para explicarle las
graves consecuencias que podrían derivarse de prolongarse
la pasividad del gobierno autonómico en este asunto, instándole
a que cumpliera el último trámite pendiente: la
remisión del expediente al Consejo de Estado. |
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